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martes, 12 de septiembre de 2017

¿Qué es la Sábana Santa?


¿Es cierto que la Sábana cubrió el cuerpo de Jesús? ¿Es científicamente demostrable? ¿Cómo llegó a manos de la Santa Sede? ¿Debemos creer en ella? ¿Qué pasa con la prueba del carbono 14?... El domingo 24 de mayo de 1998, S.S. Juan Pablo II fue a la catedral de Turín, para venerar La Sábana Santa. Anteriormente lo que había hecho en septiembre de 1978, siendo cardenal, y en 1980 durante su visita pastoral en Turín. Pero en 1998 (en el periodo de la Exposición Pública de la Sábana Santa), el Papa pronunció un discurso muy importante sobre esta reliquia, del cual extractamos algunos párrafos.

Amadísimos hermanos y hermanas:
1.-...A la luz de la presencia de Cristo en medio de nosotros, me he arrodillado ante La Sábana Santa, el preciosos lienzo que nos puede ayudar a comprender mejor el misterio del amor que nos tiene el Hijo de Dios”. “Ante la Sábana Santa, imagen intensa y conmovedora de un dolor indescriptible, deseo dar gracias al Señor por este don singular, que pide al creyente atención amorosa y disponibilidad plena al seguimiento del Señor”.

2.- “ La Sábana Santa es un reto a la inteligencia... La fascinación misteriosa que ejerce La Sábana Santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la historia de Jesús. Dado que no se trata de una materia de Fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre estas cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue bajado de la cruz”.


3.- Para el creyente cuenta sobre todo el hecho de que La Sábana Santa es espejo del Evangelio. En efecto, si se reflexiona sobre este lienzo sagrado, no se puede prescindir de la consideración de que la imagen presente en él tiene una relación profunda como cuanto narran los evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús, que todo hombre sensible se siente interiormente impresionado y conmovido al contemplarlo”.
4.- “En la Sábana Santa se refleja la imagen del sufrimiento humano...”

5.- “La Sábana Santa es también imagen del amor de Dios, así como del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa última de la Muerte Redentora De Jesús... Ante ella, los creyentes no pueden menos de exclamar con toda verdad: “Señor, ¡no podías amarme más!” y darse cuenta enseguida de que el pecado es el responsable de ese sufrimiento: los pecados de todo ser humano”.

6.- “La Sábana Santa es también imagen de impotencia...
A todos desconcierta el pensamiento de que ni siquiera el Hijo de Dios resistió la fuerza de la muerte; pero a todos nos conmueve el pensamiento que participó de tal modo en nuestra condición humana, que quiso someterse a la impotencia total del momento en que se apaga la vida... La Fe, al recordarnos la victoria de Cristo, nos comunica la certeza de que el sepulcro no es el fin último de la existencia. Dios nos llama a la resurrección y a la vida inmortal”.

7.-La Sábana Santa es imagen del silencio... Nuestro tiempo necesita redescubrir la fecundidad del silencio, para superar la disipación de los sonidos, de las imágenes y de la palabrería, que muy a menudo impiden escuchar la voz de Dios”.


8.- “...La Sábana Santa nos presenta a Jesús en el momento de su máxima impotencia, y nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación del mundo entero. La sábana Santa se convierte, así, en una invitación a vivir cada experiencia, incluso la del sufrimiento y la suprema impotencia, con la actitud de quien cree que el amor misericordioso de Dios vence toda la pobreza, todo condicionamiento y toda tentación de desesperación.



Por: Luis Sánchez Alcántara 

domingo, 27 de agosto de 2017

Misioneras de la Caridad.


Una misión con las Misioneras de la Caridad, portadoras del amor de Cristo.


Todo anhelo que surge en tu corazón tiene un propósito, tiene un fin. Como alguna vez escuché, “Dios no da puntada sin hilo” y en esta ocasión el hilo del que se sirvió para que conociera más su Amor fue Kolkata.

Como nada es por casualidad, Calcuta era un lugar que tenía en mente desde hacía tiempo. Lo conocía por varios amigos que estuvieron de voluntariado y me hablaban maravillas de su experiencia. Aquellas lecturas y conversaciones sobre Madre Teresa fueron calando poco a poco en mi interior y despertando una llamada a servir allí donde se encontraba el más pobre de entre los pobres. Así que apenas pasó un año cuando Dios, en su tiempo y en su momento, lo dispuso todo para poder ir. Dejándolo en sus manos, aposté por lo que sería seguramente una misión inolvidable.

Si no fuese por el don de la fe, es difícil creer que, en lugares como este, exista Dios. La miseria, la pobreza, la oscuridad abarcan hasta el último rincón que puedan existir en las calles de Calcuta. Padres y niños hacen de las avenidas y callejones su hogar, fuentes públicas usadas como duchas, cartones, plásticos a modo de tejados, un par de cacerolas y ya tienen casi todo lo que necesitan para existir un día más.

Una ciudad en la que la vida parece que no tiene ningún valor, la dignidad humana se degrada y tan solo quedan sueños de lo que podría ser una vida plena. Cuervos y escombros llenan sus calles, animales y hombres que conviven juntos en medio de un innegable vertedero en el que lo normal es encontrar grupos de personas durmiendo por sus rincones. Todo es estrés y caos; coches, camiones, autobuses, carros tirados por hombres que circulan sin parar… paseo imaginando como los ángeles guardan a cada instante esas almas sin rumbo. No hay ley, no hay orden, no hay respeto, “no se siente presencia de ninguno de sus 33 millones de dioses”.

En medio de todo esto, una luz brilla en Calcuta, son las “Misioneras de la Caridad”, mujeres con vestiduras blancas que irradian una luz celestial a su paso por las calles, auténticas portadoras del amor de Cristo que recorren sus rincones recogiendo cada alma que encuentran abandonada y necesitada de amor. Sin hacer distinciones, las acogen y cuidan, alojándolas según las condiciones en que se encuentren en sus distintas casas repartidas por la ciudad. Les dan ropa, alimento, una cama en la que dormir, y les devuelven parte de la dignidad que les habían robado.

Mi misión comienza en una de estas casas, Shanti Dan, en donde más de 200 mujeres de edades diversas, con ayuda de las “Misioneras de la Caridad”, luchan diariamente por encontrar la felicidad y superar sus horrores. Discapacitadas, enfermas mentales, víctimas de abusos, malos tratos y quemadas muchas de ellas con ácido, encuentran una caricia de Dios en medio de la oscuridad que han vivido. Shanti Dan “Regalo de Paz” es un lugar en el que olvidas todo el bullicio, estrés, suciedad y temores que te transmite la ciudad. Su silencio y la paz que se respira en ella te hace entrar verdaderamente en presencia de Dios, allí sí lo podías sentir.

Al llegar a Shanti Dan, te das cuenta de que no es fácil lanzarse a ayudar a alguien en el que ves con tanta claridad como el dolor y la soledad atacan sin piedad. El ser humano no está capacitado para llenar esos vacíos y tristezas que ahogan los corazones de quienes no han conocido el Amor de Dios. Cuando decidimos hacer una obra de misericordia y sentimos en nuestro interior la llamada de dar de comer al hambriento, de vestir al desnudo o de consolar al triste, no es solo un impulso humano que surge por querer asistir al prójimo, en todos ellos está la acción del Espíritu Santo que nos anima y nos susurra que nos entreguemos por y para nuestros hermanos. En un lugar de misión como puede ser Calcuta, cuando ves la necesidad tan enorme de amor que tienen estas personas y el abandono en el que viven día tras día dentro de una realidad inalterable, llegas a tomar conciencia de que la única persona capaz de darle ese amor que necesitan es Cristo. Nadie más puede llevar a su plenitud un amor que llene los vacíos que sufren sus corazones y al mismo tiempo, también diría,  que pueda llenar los nuestros.

Al estar allí junto a ellas y en la multitud de circunstancias en las que te va poniendo el Señor, aspiras y deseas ese amor que sabes que existe pero que ni tan siquiera tú puedes llegar a tener. La necesidad de Dios es tan grande que te hace estar continuamente en oración pidiendo de sus gracias y de sus dones para poder ser mero instrumento suyo con cada una de estas almas. Es con la oración y a través del trabajo ofrecido cuando ves como la acción de Dios va llegando poco a poco a tu corazón, sintiendo como es Jesús quien trabaja, exhala y se esfuerza contigo, animando y dándote siempre el consuelo que necesitas para así transformar cada gesto, mirada y caricia como si fuese suya. 

Fui a Calcuta con el anhelo de encontrarme con Cristo en el más pobre, de experimentar su amor, pero el Señor me sorprendió con un regalo aún mayor. Me dio la oportunidad de conocer cómo es trabajar y amar con Jesús, actuando El mismo en mí y a través de mí. Comprendí en ese momento el gran abismo que existe cuando dejamos de vivir con Cristo a nuestro lado y la percepción que llegamos a tener del mundo y de las circunstancias que nos rodean. El Señor lo transforma todo.

Tener presencia de El a cada instante, de su poder y de su amor hace que sea más fácil vaciarnos de nosotros mismos y de nuestro modo de hacer, dejando de lado todos los miedos e inseguridades que nos impiden darnos por completo, para que sea finalmente Cristo en nosotros quien lleve ese amor a los demás, convirtiéndonos así, en verdaderos templos de Dios.

“Para que el amor sea verdadero, nos debe costar, nos debe doler, nos debe vaciar de nosotros mismos.” Madre Teresa de Calcuta.



Historia de unas manos.


¿Cuántas historias semejantes permanecen ocultas?

Me contaron hace unos días la historia de un niño sincero y atrevido. Un buen día Oscar, en un arrebato de honestidad le dijo a su madre: "Mamá, eres hermosa...". La madre no pudo menos que enternecerse y sonreír dulcemente. Pero el hijo, pasados unos segundos, añadió: "pero tus manos son tan feas..."

Pocos días después Oscar conocería la historia de esas manos: Hace tiempo dormía profundamente un niño. De pronto se encendió el mosquitero de la cuna y las llamas amenazaron la vida del bebé. La sirvienta corrió despavorida, más la madre heroica y decidida, dominó el fuego a manotazos, salvando de las llamas a su hijo. Y sus manos del color de armiño quedaron sin piedad carbonizadas. Cuando al final las vendas le quitaron, sus manos por el fuego deformadas le quedaron.


El pequeño escuchaba a su padre sin pestañear. Cuando terminó el relato, Oscar, con lágrimas en los ojos, corrió hacia su madre, y le dijo entre sollozos: "No hay manos cual las tuyas en el mundo, madre".



¿Cuántas historias semejantes permanecen ocultas? Sin embargo, nunca faltarán niños o adultos atrevidos, sin pelos en la lengua. Por ello cada día leemos o escuchamos comentarios y críticas de todos los gustos y colores. Detestamos las manos feas, o el comportamiento de fulanito o menganita.

Oscar nunca más se quejará antes de conocer los motivos de tal o cual acontecimiento. 
Esta pequeña historia podría enseñarnos a desterrar de nuestra vida el famoso: piensa mal y acertarás.¡Con cuánta facilidad se derrama por doquier el veneno de la difamación y calumnia! Y en muchas ocasiones sin fundamento o seguridad alguna. Después llegan los lloriqueos, las quejas y excusas: yo pensaba, había leído, me parecía que.... Pero ya es tarde. El veneno mortal de la crítica ha corroído y destruido la fama del prójimo. Todos le apuntan con el dedo. Le cierran el paso o le desprecian.

Ojalá se agradeciera y premiara con más frecuencia a tantos y tantos héroes desconocidos como la madre de Oscar. La historia suele dejar en el tintero a estos héroes. ¡Cuántas sorpresas nos llevaríamos! Se descubrirían las hazañas y méritos de muchas personas que han sido blanco continuo de nuestras críticas.

Te encontrarías en el índice de ese libro: mamás que se desviven por sus hijos por puro amor desinteresado, sin recibir nada a cambio; políticos, soldados, misioneros, amigos y enemigos. Algún día no muy lejano todos ellos recibirán su recompensa.





 
Por: P. Clemente González


miércoles, 23 de agosto de 2017

El Demonio es protestante.



Testimonio de un pastor evangélico converso al catolicismo.

"El Demonio es protestante", fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

"Al principio fue el Verbo"
Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en esta Revista que ahora aprecio tanto, como es la que me honra publicando este trabajo. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer. No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenía sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos. En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como "leyendas negras", porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.



Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al "adversario" diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todo el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda. El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino. Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un "cura nuevo", con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Primera confesión de mala fe

Yo aprovechaba – Dios me perdone – de sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importaba tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina. Otra cosa que solía hacer – me avergüenzo al recordarla – era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones. En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar. Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan "cálido" en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó. A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante. Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa. El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.



En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi... porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura. En un aprieto que me puso, le dije: "Padre M.comencemos desde el principio" Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: "De acuerdo: al principio era el Verbo y..." Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia! "Pastor Boullón", me dijo luego, "No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen... y por eso también fue el primer Evangélico". Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó: Si... fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano! Pero Cristo les respondió con la Biblia...


Entonces usted me da la razón, Pastor... los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien... y le tapó la boca. Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12): "Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no  tropiece tu pie con alguna piedra" Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito "No tentarás al Señor tu Dios". Y el demonio se alejó confundido.
Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto! Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

La táctica del demonio
Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venía enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban. Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.


Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí – creo – brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí hechos XVI, 31: ¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús – respondió Pablo – y te salvarás tú y toda tu casa. Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio. Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo: "¿Continuará la lectura de San Pablo?" "Ya terminé, Padre M." "¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a 1ª Corintios, XIII, 32. Leí en voz alta: "Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy"  Entonces la fe...  La fe... la fe... la fe es lo que salva ¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse! ¿Salvarse?

Si. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva... No se quede en silencio, Pastor... siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque "como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta" (c.II) Y aun así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice "Si quieres salvarte, guarda los mandamientos" Ahí tiene usted la respuesta completa. Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica – sólo una me basta – en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia. Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

"Sólo la Biblia"
Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. "Si es sólo la Biblia", me dije, "entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba". Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición. Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de esta revista y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.


El pago del mundo
Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un "Pastor" protestante, o quizás por la experiencia de distintos órdenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas "no estrictamente ecuménicas".
Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio  pensaba me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones. Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso. Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me sentí y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención. Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto... para ella.


Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón. Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía. Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento. Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

Mi querido amigo se despide
No he querido exponer aquí todas las cosas que charlamos con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón! El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.



Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades... o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba – si tenía sentido – desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad. Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía jamás dio muestras de sufrir y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia. Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza. Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M.  Se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba. Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. "Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades", sentenció. Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. "¡El Demonio es protestante!" les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.


Más tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma... y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.


Roma... mi dulce hogar
Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.


Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado. A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino más bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron, pero a un mismo tiempo me atrajeron.





Por: Luis Miguel Boullón



Los adventistas le enseñaron a odiar a la Iglesia monja.


Los adventistas le enseñaron a odiar a la Iglesia, pero ella se enamoró del Santísimo y hoy es monja. Sor María Faustina tuvo que vencer la influencia que los adventistas habían dejado en ella.


Mireily Rodríguez Vargas es una joven puertorriqueña que cambió su nombre por el de sor María Faustina cuando profesó sus votos como dominica en el convento de Nuestra Señora del Rosario de Fátima en Texas (EE. UU.). Pero su vocación llegó tras una conversión dura, después de haber estado bajo la influencia de las enseñanzas de los adventistas. Cuando descubrió la verdad sobre la Iglesia Católica se le abrió un mundo que le fascinó hasta tal punto que decidió entregar su vida por completo.

Fue criada en una familia católica pero no demasiado practicante y eran sus compañeros de colegio los que le decían que la Virgen María había tenido más hijos, hasta llegarse a convencer de ello. A los 16 años tras un duro acontecimiento familiar aparecieron en su vida los adventistas. “Por insistencia de un familiar, comencé a ir a clase con ellos. Al principio consistía en contestar las preguntas de unos folletos, luego el pastor vino a darnos la clase personalmente, creo que era una vez por semana”, recuerda.

El odio a la Iglesia y al Papa

Después de esto, fue invitada a un taller denominado “Descubriendo la verdad” y que tenía como objetivo realizar en ella un lavado de cerebro. Cuenta la hermana María Faustina que “trataba de cómo la Iglesia Católica era la ‘gran ramera del Apocalipsis’ y el Santo Padre, ‘la bestia del profeta Daniel”.


Una vez que concluyó este taller tocaba ser “bautizada” como adventista. La joven estaba muy confundida, pero “no creía eso sobre la Iglesia Católica”. Finalmente, una amiga suya decidió no bautizarse por lo que ella tomó la misma decisión.

La importante labor de su abuela

Fue su abuela la que finalmente tomó cartas en el asunto y alejó a los adventistas de su nieta y acudió a una Iglesia Católica para que pudiera apuntarse a catecismo. Sin embargo, el tiempo que había pasado en contacto con los adventistas había hecho mella en ella. “Ya no amaba a la Virgen María, a la cual tenía devoción de pequeña”, cuenta en su testimonio. Además, añade que en ese momento “pensaba que no necesitaba ir a la iglesia, porque un lugar de cuatro paredes con Biblia y Agua Bendita podía ser mi cuarto”. Incluso, creía que “los cuadros, aun los no religiosos, eran idolatría por lo que había aprendido con los adventistas sobre los 10 mandamientos.

Todo cambió con la catequesis de adultos

Sin embargo, en 2007 logró iniciar las catequesis de adultos. “Mi vida cambió. A través de las catequesis del sacerdote encargado, de una religiosa y todo el equipo de catequistas que acompañaban al programa, empecé a aprender mucho, a cuestionarme cosas sobre la fe”, relata la propia María Faustina.

Mientras tanto, su abuela seguía perseverando y acompañaba a su nieta a misa todos los domingos, sin excepción. “Empecé a ver a Dios como un padre amoroso” y su vida empezó a cambiar, motivo por el cual “se alejaron muchos amigos y empecé a tener problemas con un novio que en aquel entonces tenía”.


El bello recuerdo de su primera comunión

Así llegó su primera confesión durante un Domingo de Ramos, que según define ella misma, fue “como sacar muchos clavos de mi corazón” por lo que “me sentí otra persona”. Y en la Vigilia Pascual llegó por fin su primera comunión, que “fue un momento tan bello, único de sentir a mi Dios por primera vez en mí. Desde ese día me sentí más unida a Dios, de una forma diferente. Mi forma de ver la vida cambió, para verla un poco más sobrenatural”. Todo lo que guardaba en su interior que aprendió con los adventistas iba desapareciendo.

Y más tarde el descubrimiento de la Adoración

Mientras tanto, ella seguía descubriendo fascinada la belleza de la Iglesia Católica: “En mi vida espiritual, empezaba por aquel entonces a descubrir a Jesús en el Sagrario y en la Exposición. Me llamaba tanto la atención ver a tanta gente arrodillada allí que me propuse ir un día. Cuál fue mi sorpresa que, al llegar, sentí algo que me puso de rodillas y comencé a llorar porque sentí una presencia tan grande, tan santa y superior a mí que llenaba todo mi ser. Desde ese día, Jesús Eucaristía fue el amor de mi vida”.


Poco después se produjo otro acontecimiento clave en la vida de esta joven pues fue la que empezó a abrir en ella la vocación. Y es que, buscando libros católicos, se topó un día con el diario de Santa Faustina. “Me entró la curiosidad de ver qué escribiría una monja. Cuando comencé a leerla, me enamoró su espiritualidad, su forma de tratar al Esposo de su alma. Me llenó el corazón cuando leí su historia vocacional y me pregunté qué haría si Jesús me llamara a mí también”.

"Jamás seré monja"

Esta fue la primera vez que rondó por su cabeza la idea de la vocación a la vida religiosa. Pero el miedo podía más por lo que intentó enterrar esos sentimientos. Pronto también empezaron a preguntarla por si se había planteado irse a un convento por lo que se cerró en banda y ella una y otra vez respondía que “jamás seré monja”.

Pero la vida que llevaba no le llenaba. Ni su trabajo, ni sus amigos conseguían llenar lo que sólo Dios podía hacer. Y de nuevo pasó por su cabeza la idea de la vocación hasta que por fin aceptó ir a una de las charlas vocacionales a las que antes había rechazado acudir en numerosas ocasiones.

Las palabras del profeta Jeremías

Lo que escuchó en aquella charla hizo mucha mella en esta joven puertorriqueña. La misma cita de Jeremías que dice “antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado…” la perseguía por todos lados y aparecía en todo momento, en su música, en la iglesia, en las lecturas que abría al azar…

Ahí se convenció de que Dios la llamaba para la vida consagrada pese a que seguía resistiéndose. Tenía dos sueños sobre la vocación y con la ayuda de su director espiritual pudo interpretarlos. “Soñaba que podía entrar en una congregación y me decían que allí no era y me daban un velo negro. El sacerdote me decía que era la Orden Dominica, pero yo me resistía”, cuenta Sor María Faustina.


El claro mensaje de la Virgen

Al final se encomendó a Santa Faustina y Santa Teresita para que le ayudarán a discernir su vocación además de realizar la Consagración a la Virgen durante 33 días. “Mamá María no se hizo esperar y una mañana amanecí con la certeza de que Dios me llamaba y que iba a entrar con las Hermanas Dominicas de Nuestra Señora del Rosario de Fátima”.

Dios se lo puso todo muy fácil desde aquel momento y ahora ella, Sor María Faustina, es feliz en este convento texano. “Dios ha hecho maravillas en mi vida, me ha hecho una nueva creatura y a pesar de mis pecados y defectos hace su obra en mí para hacerme una esposa santa para su Gloria”, concluye esta religiosa.





Por: J. Lozano



martes, 22 de agosto de 2017

Ex Testigo de Jehová.


Me di cuenta de que para ser cristiana debía adorar a Jesús.

Los Testigos no creen que Jesús sea Dios, sino que piensan que es un ángel y no debe ser adorado.

Pero si el Pueblo de Dios es la Novia de Cristo... ¿no es lógico que le cante, le alabe y le adore? Esta idea afianzó a Mary en el cristianismo.

Mary Kochan era hija y nieta de Testigos de Jehová, una testigo de tercera generación. Lo fue durante los primeros 38 años de su vida, hasta que los dejó en 1993. Entró en la Iglesia católica tres años después.
No fue un proceso fácil, explica, sino “desgarrador”. Posteriormente, como editora en diversas publicaciones católicas y también en su parroquia de Santa Teresa en Douglasville, EEUU, ha podido contar varias veces su viaje espiritual.

Cuando Cristo no es Dios, sino un ángel

“Los Testigos de Jehová no creen en la Trinidad, así que tampoco creen en la divinidad de    Cristo”, explica.

“Ellos creen que Jesús era el arcángel Miguel antes de venir a la tierra y que después de haber sido resucitado volvió a ser el arcángel Miguel pero con el nombre "Jesús". Creen que Jesús murió (aunque no en una cruz) para salvar a la humanidad del pecado y la muerte por medio de expiar la desobediencia de Adán. Me doy cuenta de que esto es raro para no mencionar todo el problema ontológico de que primero sea un ángel, luego humano y luego, otra vez un ángel pero lo traigo a cuento porque quiero hacer notar que yo entonces tenía la idea de que podía llamarme cristiana y creer que Jesús había muerto por mí, todo ello sin llegar a concebir a Jesús como Dios”.

Por eso, pensar en Jesús como “verdadero hombre y verdadero Dios” fue para Mary Kochan un despertar, una revelación.

¿Quién es Jesús en realidad?

“En 1993, después de un largo y desgarrador período de disrupción en mi vida, en busca de la paz y el poder transformador del que da testimonio el Nuevo Testamento, tuve un encuentro con Cristo. Yo no sabía que Él era la Deidad, pero sabía que Él no era lo que los Testigos de Jehová decían que era. Supe entonces que debía dejar la religión en la cual crecí, la única que había conocido toda la vida. Tendría que dejar atrás toda relación establecida durante mi vida adulta. Decidida, fui a una iglesia”.


“Para mí era algo aterrador. Me habían enseñado que las iglesias estaban llenas de demonios. Los Testigos de Jehová no entran ni al aparcamiento de una iglesia. Pero esa visita a una iglesia me puso en camino a aprender la verdad sobre Jesús. Muy pronto me di cuenta de que los cristianos adoraban a Jesús”, recuerda Mary.

En los Testigos de Jehová, a ella le habían enseñado que sólo se debe adorar a Dios, llamado “Jehová”, el Padre de Jesús. Para ellos, los católicos, protestantes y ortodoxos se equivocan al proclamar que Jesucristo y el Espíritu Santo también son Dios.

Ella ya había dejado los Testigos, pero, ¿en qué creer ahora?

Lectura distorsionada de la Biblia

“Fui muy cautelosa para evitar que se me engañara otra vez. Sin embargo sabía que debía abrir mi mente al testimonio y los argumentos presentados por los cristianos a mi alrededor para enderezar la forma distorsionada de leer las Escrituras que había aprendido en primer lugar”.

Un cristiano comentó en una reunión con ex testigos de Jehová: “Solo tienes que creer lo contrario de todo lo que aprendiste. No creías en la Trinidad y ahora crees. No creías en la divinidad de Cristo y ahora, crees. No creías en el alma inmortal y ahora crees. No creías en ir al cielo y ahora crees. No creías en la Navidad y ahora crees. ¿Ves qué fácil? Todo es lo contrario”.

“Yo amaba a Jesús, pero no sabía qué hacer con la adoración que los cristianos le profesaban ¿Cómo se podía explicar semejante fenómeno si Él no era Dios?”

El Padre, el Hijo... ¡y la Novia!

“Encontré consuelo apegándome a la imagen bíblica de la Iglesia como novia de Cristo. Después de todo ¿qué cosa más natural que una novia le preste atención a su novio? Por supuesto, ¡los cristianos le cantan a Jesús! Los extraños son los Testigos de Jehová como una novia que ignorara a su novio para concentrar todo su afecto en el suegro”.

“Entretanto participaba en la oración cristiana y adoraba lo mejor que me lo permitía mi limitado entendimiento. También hacía preguntas y estudiaba... y estudiaba y estudiaba. Finalmente empecé a leer a los Padres Apostólicos, los padres de la Iglesia temprana.

Comenzó a aclararse en mi mente que esta enseñanza—que Jesús era Divino, Dios Encarnado—había sido realmente la enseñanza cristiana desde el mismo principio y era el testimonio apostólico”.

Amor asombroso

“Sólo quedaba un problema por resolver: si Jesús era Dios, entonces este hombre en la Cruz era Dios.  Y eso significaba que Dios había muerto. Significaba que Dios había muerto... por mí”.

“Por los siglos de los siglos nunca habrá nada más asombroso, nada más sublime, nada que se pueda  proponer a un alma humana que impresione sobre ella tanta humildad”. Y Mary cita un himno: 

“¿Puede haber un amor tan asombroso, que Tú mi Dios murieras por salvarme?”

“Así salió el sol en mi vida”, concluye.


Por: | Fuente: R.I.E.S.