miércoles, 4 de julio de 2018

Cuando muere una persona, ¿hay que rezar el Rosario nueve días y ponerle un vaso con agua?


El sufragios por los difuntos
Cuando muere una persona, ¿hay que rezar el rosario nueve días y ponerle un vaso con agua?
Pregunta:
Me dirijo a Usted con todo respeto y confianza, tengo una inquietud o duda y me gustaría me pudiera ayudar a aclararla. Cuando fallece una persona, ¿cuál es el motivo o por qué se le debe de rezar del novenario del rosario? Y, además, mientras se reza este novenario ¿cuál es el significado de ponerle una vela o veladora encendida durante todos estos nueve días y también un vaso con agua?
 

Respuesta:

El rezo del Rosario es una oración muy eficaz, y recomendada por la Iglesia (por ejemplo, puede leer la Carta Apostólica del Siervo de Dios Juan Pablo II, ´Rosarium Virginis Mariae´), y como tal, es una gran ayuda a las almas que están en el Purgatorio. El Papa Benedicto XVI, en la reciente Carta Encíclica ´Spe Salvi´, recuerda la doctrina sobre por qué debemos ofrecer sufragios por los difuntos:

´Sobre este punto hay que mencionar aún un aspecto, porque es importante para la praxis de la esperanza cristiana. El judaísmo antiguo piensa también que se puede ayudar a los difuntos en su condición intermedia por medio de la oración (cf. por ejemplo 2 Mc 12,38-45: siglo I a. C.). La respectiva praxis ha sido adoptada por los cristianos con mucha naturalidad y es común tanto en la Iglesia oriental como en la occidental. El Oriente no conoce un sufrimiento purificador y expiatorio de las almas en el «más allá», pero conoce ciertamente diversos grados de bienaventuranza, como también de padecimiento en la condición intermedia. Sin embargo, se puede dar a las almas de los difuntos «consuelo y alivio» por medio de la Eucaristía, la oración y la limosna.

Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón? Ahora nos podríamos hacer una pregunta más: si el «purgatorio» es simplemente el ser purificado mediante el fuego en el encuentro con el Señor, Juez y Salvador, ¿cómo puede intervenir una tercera persona, por más que sea cercana a la otra? Cuando planteamos una cuestión similar, deberíamos darnos cuenta que ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo.



Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás,  En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Y con esto no es necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí.40 Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal. ´ (Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, n. 48)

El uso de velas en la liturgia y las devociones privadas es muy antiguo y tiene muchas aplicaciones; puede representar nuestras oraciones, nuestra devoción, nuestra intención de ´velar´ es decir, de mantenernos despiertos y atentos en la oración para alcanzar lo que pedimos a Dios. Pero también pueden ser utilizadas con sentido supersticioso, como si se creyese que las velas, o un número determinado de velas, o alguna práctica por el estilo, pueden alcanzar, por sí mismas, de modo ´mágico´, lo que pretendemos.

Lo mismo se diga de esa práctica a la que usted alude, de poner un vaso de agua. Desconozco su origen y el sentido que le dan quienes así obran. Puede ser algo análogo a las antiguas prácticas paganas, usadas más tarde por algunos cristianos, por las que se dejaba a los difuntos comida y bebida, como un modo de estar unidos a ellos en un mismo banquete. Si se piensa que el difunto necesita esa agua, sería un pensamiento supersticioso. Tal vez la práctica venga del uso del agua bendita, usada como un sacramental; en tal sentido estaría bien, mientras se entienda cuál es el sentido.
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Satanás puede infiltrarse a través de internet



Este sacerdote avisa del riesgo que existe en internet de abrir la puerta al demonio

Satanás, como príncipe de este mundo y padre de la mentira, sabe cómo atacar de manera más eficaz en cada momento. E internet es ahora un terreno sembrado para él en el que jóvenes y no tan jóvenes se están dejando llevar por el demonio y acaban pagando sus consecuencias. Esto lo atestigua el sacerdote Antonio Mattatelli, exorcista en la diócesis italiana de Tricarico y párroco. Y en declaraciones que recoge Porta luz también advierte de los fanáticos que ven al diablo en todos lados:

"Satanás puede infiltrarse a través de Internet. Estoy acompañando a una posesa que contrajo la posesión a través de Internet. Un espíritu entró en ella y ahora tiene que ser exorcizada". Así comentaba esta realidad padre Mattatelli el pasado 24 de abril, en declaraciones a Radio Cusano, emisora de la Universidad Niccolò Cusano de Roma (Italia).
El sacerdote, ordenado el 29 de abril del año 1997, es el párroco de Santa María Assunta (Monte murro, diócesis de Tricarico) y tiene una particular sensibilidad litúrgica que le mueve a celebrar regularmente la Santa Misa en latín siguiendo el rito antiguo.

La mayoría de los jóvenes que consumen horas diarias en internet asocian al demonio con una “caricatura medieval”, señala padre Antonio y por ello en su diálogo coloquial como en las prédicas suele denunciar que “el demonio existe” y según enseña el Magisterio de la Iglesia "es un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor".

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¿Qué pecados impiden comulgar?



¿Se puede comulgar si has cometido pecados veniales?

San Pablo expresó con contundencia que no todos están en condiciones de recibir la Comunión: Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz, porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (I Cor 11, 28-29). Estas palabras ponen de relieve la gravedad del asunto, pero no proporcionan un criterio claro de cuándo uno es digno y cuándo no. Por eso, como tantas otras, esta cuestión también fue sometida a debate. Da la impresión, sin embargo, que los destinatarios de la carta –los corintios- ya tenían alguna idea al respecto. Es pues importante ver las fuentes conocidas de la vida de la Iglesia primitiva. A finales del siglo I o principios del II se escribió la llamada Didache (o “Doctrina de los Doce Apóstoles”), en la que se habla bastante de la Eucaristía. Tras señalar que el sacramento es solo para los bautizados, añade la siguiente frase: Quien sea santo, acceda; quien lo sea menos, haga penitencia. Aunque necesite una ulterior precisión, sigue siendo un criterio válido, a la luz del cual se entiende lo que está establecido. Se podría objetar, y con razón, ¿pero ¿quién puede decir que es santo? Libre de todo pecado, nadie. Por eso el acercamiento a la Comunión debe ser penitencial, para purificarnos cuanto podamos. Lo propio es recibir la comunión cuando ya hay una comunión del alma con el Señor.



Ahora bien, hay diversas situaciones, como también hay distintos tipos de pecados. El pecado mortal rompe del todo esa comunión, y en este caso la penitencia requerida pasa por la recepción del sacramento de la Penitencia como condición previa. Por eso establece el Código de Derecho Canónico que quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental (c. 916) (las excepciones se refieren a necesidades sin posibilidad de recibirlo, en cuyo caso debe haber un acto de contrición perfecta y el propósito de confesarse cuanto antes: o sea, en todo caso se recibe en gracia de Dios, aunque no haya más remedio que posponer la confesión).



Una aclaración al respecto puede ser pertinente: no hay penitencia verdadera ni confesión válida sin propósito de enmienda; es lógico, en caso contrario sería una pantomima. Esto sirve para entender por qué no pueden acceder a la Comunión personas que están y quieren seguir estando en una situación habitual de pecado. Queda el pecado venial. Nadie escapa de cometer alguno, y pretender estar libre de todo pecado venial resulta presuntuoso. En la historia de la Iglesia existió un puritanismo católico, llamado jansenismo (lo creó un tal Cornelius Jansen), que en este sentido restringía mucho la comunión. Fue rechazado por la Iglesia, pero dejó sentir su influencia, hasta que el Papa San Pío X borró sus vestigios hace un siglo. Con razón: no va por ahí la penitencia requerida.

En estos casos –cuando se está en gracia- la penitencia es la interior, la cual se incluye en la liturgia. El pecado venial no impide la Comunión –al contrario, es alimento interior que da fuerzas para combatirlo-, pero, a la vez, para participar dignamente en los sagrados misterios… 

Comencemos por reconocer nuestros pecados. Palabras familiares para quien asiste a Misa, que van seguidas por un acto de contrición de lo más completo. Luego, la preparación inmediata nos recuerda que vamos a comulgar como invitados y que no somos dignos de recibirle; en cierto modo, también son palabras de contrición. Es interesante comprobar que, en la celebración de la Comunión fuera de la Santa Misa, la liturgia es mucho más breve, pero incluye estas dos partes penitenciales, las mismas.
En resumen. Para comulgar, hay que estar en gracia de Dios. Aún estándolo, nunca somos dignos del todo de recibir al Señor. Eso no es obstáculo para comulgar, pero la dignidad del Sacramento postula que procuremos hacernos lo mas digno posible.

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¿Qué rezar en un velorio?


La oración también es un medio para dar consuelo a los que quedan.

En los velorios hemos de preocuparnos de actuar con sentido común y, quienes tenemos fe en Dios, también con sentido sobrenatural. Cuando se habla de sentido común nos referimos a que debemos ser prudentes con los dolientes. La prudencia invita a dar consuelo de palabra y de obra. Y más que las palabras lo más importante es transmitir compañía en algo que todos conocen pero que resulta difícil asumir y describir. Un corazón cuando está de luto tiene que ser ungido con el aceite de la caridad. En definitiva, hemos de procurar transmitir la empatía que nos permite sufrir con ellos. El sentido sobrenatural se refiere a que quienes tenemos fe, sabemos que Dios escucha las oraciones por los difuntos. En este sentido, los cristianos están llamado a la esperanza y por esto la acción más apropiada en relación con los que mueren es la oración, en estos casos de manera especial la oración que va desde el momento de la muerte hasta el entierro.



La oración también es un medio para dar consuelo a los que quedan y, de paso, ofrecer un verdadero acompañamiento. El día anterior, antes de la misa exequial, qué oportuno resulta rezar ya sea en la casa del difunto o en la sala de velación. Y aunque probablemente la falta de práctica en la oración pudiera, por ejemplo, hacer pensar a alguien “¿pero qué oración conviene rezar?”, la respuesta es sencilla: las oraciones que se sepan, con máxima libertad. Cualquier oración, incluso las oraciones espontáneas tienen valor para Dios. En estas circunstancias, aparte de la participación activa como miembros del pueblo de Dios, las personas más experimentadas en la oración o más conocedoras de la misma, pueden desempeñar un papel importante para el correcto desarrollo de la oración comunitaria.



En ausencia del ministro ordenado, las oraciones en la casa del difunto y en el cementerio deben ser dirigidas por laicos. Alguno de los allegados al difunto también puede dirigir, en el cementerio, algunas palabras de despedida a los asistentes. Una de las oraciones que se pueden hacer se llama responso. Un responso es una oración dialogada en sufragio por el difunto. No hay que confundir un responso con una misa por el difunto, misa que se puede celebrar antes del funeral. Todo responso es sin misa. 


Otras oraciones que se pueden hacer son el Santo Rosario (intercalando alguna jaculatoria a favor de la persona difunta) y la Liturgia de las Horas (el Oficio de los Difuntos). Ahora bien, el hecho de que se haga una vigilia de oración en casa o en la sala de velación, donde se haya preparado la capilla ardiente, no excluye, si se quiere, la posibilidad de tener también momentos en los que se pueda rendir un “homenaje” (algunas palabras de elogio, exhibición de fotos, videos,…) a la persona difunta, realizar algún canto no litúrgico en su honor y finalmente unas palabras de agradecimiento a las personas que se han hecho presentes (cosas que hay que evitar en la iglesia). Ambas acciones no hay que fusionarlas, sino que es mejor distanciarlas, sin importar el orden de las mismas.



A continuación, presento un modelo de responso que, vista la escasez de sacerdotes, está pensado para ser dirigido por fieles laicos. (La letra A/ significa “Animador” (el que dirígela celebración). T/ significa “Todos”. L/ significa “Lector”. R/. Respuesta. N. es para decir el nombre del difunto).

A/. Bendigamos al Señor que, por la resurrección de su Hijo, nos ha hecho nacer para una esperanza viva, por Cristo Nuestro Señor.



A/. Aunque el dolor por la pérdida de un ser querido llena de pena nuestros corazones, avivemos en nosotros la llama de la fe, para que la esperanza que Cristo ha hecho nacer en nosotros dirija ahora nuestra oración para encomendar a nuestro(a) hermano(a) N. en las manos del Señor, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Señor, escucha en tu bondad nuestras súplicas ahora que imploramos tu misericordia por tu siervo(a) N., a quien has llamado de este mundo: dígnate llevarlo(a) al lugar de la luz y de la paz, para que tenga parte en la asamblea de tus santos. Por Jesucristo nuestro Señor. L/. Lectura del libro de la Sabiduría (3, 1-6.9)


“La vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos tenían total esperanza en la inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí; los probó como el oro en el crisol, los recibió como sacrificio de ofrenda. Los que confían en Él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque Dios ama a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos”. Palabra de Dios.

(Se canta o se recita el salmo 129 con la respuesta que se propone). R/.: Mi alma espera en el señor, espera en su palabra.
L/. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (14, 7-9. 10c-12) Hermanos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: “Por mi vida, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua”. Por eso, cada uno dará cuenta a D


“En aquel tiempo, cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania está como a tres kilómetros de Jerusalén; y muchos judíos habían venido a ver a Marta y a María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús venía en camino, salió a su encuentro mientras que María permaneció en casa. Y Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Yo sé que resucitará en la resurrección de los muertos en el último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

(Si quien preside el responso es un ministro ordenado se puede dirigir a los presentes una breve homilía. De lo contrario se guardará un momento de silencio. Luego todos hacen la Profesión de fe).

A/. Con la esperanza puesta en la resurrección y en la vida eterna que en Cristo nos ha sido prometida, profesemos ahora nuestra fe, luz de nuestra vida cristiana.

T/. Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

A/. Oremos, hermanos, a Cristo el Señor, esperanza de los que vivimos aún en este mundo, vida y resurrección de los que han muerto; llenos de confianza digámosle:

R/ Tu que eres la resurrección y la vida, escúchanos.

1.- Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, y no te acuerdes de los pecados de nuestro(a) hermano(a) N., roguemos al Señor.

2.- Señor, por el honor de tu nombre, perdónale todas sus culpas y haz que viva eternamente feliz en tu presencia, roguemos al Señor.

3.- No rechaces a tu siervo(a) N., ni lo(la) olvides en el reino de la muerte, sino concédele gozar de tu dicha en el país de la vida.

4.- Acuérdate, Señor, de los familiares y amigos a quienes entristece esta muerte y auméntales la fe para que encuentren consuelo y paz, roguemos al Señor.

5.- Acoge en tu Reino de vida a todos nuestros seres queridos que han muerto con la esperanza de la resurrección, roguemos al Señor.

6.- Señor, sé tú el apoyo y la salvación de los que acudimos a ti: sálvanos y bendícenos porque somos tu pueblo, roguemos al Señor.

A/. El mismo señor, que lloró junto al sepulcro de Lázaro y que, en su propia agonía acudió conmovido al Padre, nos ayude a decir la oración que Él nos enseñó:

T/. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

A/. Escucha, Señor, nuestras súplicas y ten misericordia de su siervo(a) N. para que no sufra castigo por sus pecados, pues deseó cumplir tu voluntad; y ya que la verdadera fe lo (la) unió aquí en la tierra al pueblo fiel, que tu bondad divina lo (la) una al coro de los ángeles y elegidos. Por Jesucristo nuestro Señor.

T/. Y brille para él (ella) la luz perpetua.

A/. Su alma y las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

Se puede terminar con un canto.

(La anterior celebración ha sido tomada del “Ritual de Exequias” de la Comisión Episcopal Española de Liturgia -2ª edición 1989-).

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Servir da siempre mucha alegría


Consolar al Sagrado Corazón de Jesús con nuestro servicio.

Viuda, rica y sola, aquella señora sin hijos, pero rodeada de suficiente servidumbre en su mansión, sintió un día que su enfermedad y depresión requería alguien que le diera más que formal y simple atención diaria, verdadera dedicación, trato cordial y cuidados afectuosos. Se le ocurrió nada más y nada menos que pedirle a su abogado -un prestigioso y reconocido padre de familia que vivía con sus tres hijas solteras y su esposa en una gran casona cercana, que la recibiera por unas semanas allá entre la familia.



El licenciado aceptó, pues en su cristiano hogar, siempre hubo una amplia e independiente habitación con servicios para sus huéspedes de mucha confianza. Requirió de su hija mayor que se pusiera al frente de la asistencia y asumiera todas las responsabilidades y debidas atenciones para la señora. Conocía el carácter caritativo, dulce y comprensivo de su hija que ya pasaba de los 26 años de edad y dudaba entre hacerse religiosa o contraer matrimonio. Muy devota del sagrado Corazón de Jesús, Lucilia era de semblante serio, pensativo y no esplendorosamente bonita, pero siempre fina, amable y atenta con los demás.


Asumió sus funciones muy contentas, sobre todo por sentir que estaba haciendo un gran favor a su queridísimo padre que tanto admiraba. La señora se instaló y los cuidados y atenciones comenzaron ese mismo día. Un tanto quisquillosa e irritable, en parte por la edad y en parte por las molestias de la dolencia, bien pronto las hermanas de Lucilia, su propia madre y las empleadas de la casa comenzaron a sacar discretamente el cuerpo para que todo recayera sobre la hija mayor, aunque dándole de vez en cuando algunos rápidos y superficiales apoyos domésticos. A una de sus hermanas, muy bonita y de trato social un tanto mundano y vivaracho, se le ocurrió que su aporte caritativo para atender a la viuda era pasar dos o tres veces por semana a la habitación, hacerle una rápida visita y alegrarla con alguna habladuría de la sociedad.


Entre tanto Lucilia verificaba y atendía todo: Medicaciones, cambios de ropa de cama, dieta alimenticia correcta y a horas, le traía algunas revistas, le hacía alguna lectura piadosa, le hablaba sobre temas que animaran a la pobre viuda rica y sin familia, le calzaba las babuchas, la ayuda a vestirse y estaba pendiente cuando la señora entraba a bañarse. Así transcurrieron casi tres meses hasta la total recuperación anímica y corporal de la señora. Tanto la madre como las hermanas de Lucilia, habían advertido la ejemplar dedicación de esta y una de ellas le hizo ver que el huésped no se distinguía mucho por la gratitud, y no valía la pena tanto esmero por ella, que podía ser servida por las empleadas del hogar.
Lucilia ya lo había notado perfectamente, pero no le importaba eso tanto cuanto atender a la pobre enferma y colaborarle a su amado padre. Dicho y hecho. El día de la partida de la señora para su casa, lista para ser recogida en su vehículo por el chofer y las empleadas que habían venido a llevarla, reunidos en el hall de entrada, la señora se dirigió a todas con palabras ceremoniosas de agradecimiento y aprecio, pero muy especialmente a la graciosa hermana menor de Lucilia, por las cortas visitas, manifestándole que realmente ella había sido su ángel custodio durante la estadía de recuperación. Para expresarle su gratitud había mandado comprarle un regalo especial que entregó tras abrazarla, besarla y elogiarle su caridad. A Lucilia le dirigió una rápida mirada de convencional agradecimiento y dos palabritas corteses.

Tras la partida del vehículo, cerrado ya el gran portón, todas en el hall se volvieron a Lucilia recordándole que había sido advertida. Mientras la hermana menor desempacaba curiosa el regalo, Lucilia se limitó a sonreírles y también recordarles con respeto, que realmente ella había pensado más en la obra de caridad que propiamente en la señora, de la que había notado su modo de ser desde el principio; en halagar a su padre que le había pedido esa colaboración, y en que el sufrido corazón de Jesus.

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Siete Pasos para ser Humildes


La Virtud de la Humildad una de las más difíciles de Conseguir.

De todas las virtudes, la humildad puede considerarse una de las más difíciles de conseguir. Toda la literatura sobre el tema nos lo repite. Siempre recordamos frases de grandes hombres como Ruskin («estoy convencido que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad») Cicerón («cuanto más alto estemos situados, más humildes debemos ser») y, por supuesto, de santos como el Cura de Ars («si no tienes humildad, puedes decir que no tienes nada»), San Agustín («sólo a pasos de humildad se sube a lo alto de los cielos») o Santa Teresa («aquélla que le parece que es tenida en menos entre todas se tenga por más dichosa»).



Es experiencia de todos sentir el aguijón de ese “yo” que nos impulsa a hacer lo que muchas veces no queremos realizar. ¡Cuántas veces nos arrepentimos de nuestras acciones y deseamos vivir con más sencillez y menos altanería! ¿Cómo ser humilde? Dentro de las muchas presentaciones que me llegan, esta semana hubo una que me llamó particularmente la atención y que daba, justamente, siete pasos para conseguir la humildad. Me picó la curiosidad. Su lectura me ha ayudado mucho y he querido compartirla con todos ustedes, retocándola un poco (a cada consejo le he añadido un párrafo de algún santo que le dé más peso y contenido). Ciertamente, estas líneas no pretenden ser un manual de “consígalo sin esfuerzo”. No hay rosa sin espinas. Pero tal vez la lectura de este artículo pueda ayudar a alguno a enderezar el camino, como si se tratase de un GPS que pide una reorientación de ruta. Espero, pues, que estos ocho pasos sirvan a más de uno.



1.      Procura descubrir lo mejor de cada uno:

Todo ser humano ha tenido experiencias que tú no has tenido, y en esos aspectos te aventaja. Einstein, reputado como uno de los grandes cerebros de la humanidad, dijo: «Nunca he conocido a una persona tan ignorante que no tuviera algo que enseñarme». «Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzale a ganar por aquí el favor de Dios» (Santa Teresa de Jesús, Vida, 13, 6).



2. Elogia sinceramente a los demás:

¿Cómo se va a desdeñar a una persona a la que se le está diciendo lo que se admira de ella? Cuanto más se mencionen las buenas cualidades de quienes rodean a uno, más virtudes se descubrirán en ellos, y será más difícil que uno caiga en la trampa del egocentrismo. «La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona –por su honor, por su buena fe, por su intimidad–, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y la justicia» (San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, 72).



3. No te demores en admitir tus errores:

Dicen que la frase más difícil de pronunciar en cualquier idioma es: «Me equivoqué». Quienes se rehúsan a hacerlo por orgullo suelen volver a caer en los mismos errores (sólo el hombre cae dos veces en la misma piedra) y, además, terminan marginándose de los demás. «La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultaba hasta el presente» (Santo Cura de Ars, Sermón sobre el orgullo).



4. Sé el primero en disculparse después de una discusión:

Si la frase más difícil de pronunciar es: «Me equivoqué», la siguiente más difícil debe de ser: «Perdóname». Ese simple vocablo mata el orgullo (pues te reconoces tan pecador como él) y pone fin al altercado: dos pájaros muertos de un solo tiro. Pero para eso, es necesario reconocer que tanto él como yo podemos equivocarnos…



«Si vieres a alguno pecar públicamente, o cometer cosas graves, no te debes estimar por mejor: porque no sabes cuánto podrás tú perseverar en el bien. Todos somos flacos; mas tú no tengas a alguno por más flaco que a ti» (La Imitación de Cristo, I, 2, 4).

5. Admite tus limitaciones y necesidades:



Es parte de la naturaleza humana querer dar la impresión de ser fuerte y autosuficiente; eso normalmente no hace más que dificultar las cosas. Si manifiestas humildades pidiendo ayuda a los demás y aceptándola, sales ganando. «Esto de no fiarse del propio parecer nace de la humildad. Por ello, el cap. II de los Proverbios dice que donde hay humildad, hay sabiduría. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos (Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padrenuestro, l.c., 142).



6. Sirve a los demás:

Ofrécete a ayudar a los ancianos, los enfermos y los niños, o a prestar algún otro servicio comunitario. Saldrás beneficiado, pues aparte de adquirir humildad, te ganarás la gratitud y el cariño de muchas personas. «Cuando se te presente la ocasión de prestar algún bajo y abyecto al prójimo, hazlo con alegría y con la humildad con que lo harías si fueras el siervo de todos. De esta práctica sacarás tesoros inmensos de virtud y de gracia» (León XIII, Práctica de la humildad, 32).



7. Reconócele a Dios el mérito de toda cualidad que tengas y de todo lo bueno que te ayude a hacer:

Es importante abrir los ojos del alma y considerar que no se tiene nada nuestro de lo que debamos gloriarnos. Lo único que realmente tenemos es pecado y debilidad. Los dones de la naturaleza y de gracia que hay en nosotros, solamente merecen ser agradecidos a Dios, que nos lo ha dado cuando ha pensado en nosotros al crearnos.

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domingo, 27 de mayo de 2018

¿Para qué nos casamos?


Hoy en día sigue habiendo parejas que sueñan con casarse a la Iglesia, en el templo más bonito de la zona, delante de todos sus seres queridos, con un vestido blanco espectacular, incluso unos pajecitos aventando pétalos de rosas y finalizar con una tradicional lluvia de arroz para desearles abundancia a los esposos. Pero es importante entender que el matrimonio católico es mucho más que eso.



Según el código de derecho canónico el matrimonio es "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, que fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados. " vamos a entenderlo poco a poco rescatando los elementos más importantes.



La primera implicación de esta definición es ese "para toda la vida", que Dios quizó desde el principio, Él sabe muy bien que el corazón humano busca lo que perdura más que lo pasajero.



La segunda implicación son los fines del matrimonio. No es una unión en la que se busca tener mejores ingresos o ayudarnos con las tareas del hogar... va más allá. Es ayudar al otro a ser mejor persona y desde la óptica cristiana es ser un camino de santificación para el cónyuge.



Y por supuesto formar una familia, estar abiertos a la vida y a llevar la relación a la donación que rompe con el egoísmo, una misión que no se puede dejar de lado incluso cuando no se puede concebir. 



Hasta ahora el matrimonio viene siendo la promesa de amor más grande que se puede prometer: un amor exclusivo, fiel, para siempre, y no egoísta. Es comprensible que ante los ojos del mundo esto pueda ser imposible pero para eso viene la siguiente implicación: el matrimonio fue elevado por Cristo a sacramento.



Un sacramento es el signo más eficaz del amor de Dios, es ese regalo con el que Dios nos ayuda a cumplir con nuestra misión. Y es precisamente porque Él forma parte del matrimonio, que los esposos pueden cumplir con las exigencias del amor. Recuerden también que Cristo quiso que el matrimonio fuera el reflejo del amor que Él tiene por su iglesia.



Por eso, a los novios, los invitamos a tener la valentía suficiente que se necesita para prometer un amor así. Y también a que no les dé miedo ni vergüenza aspirar a un amor verdadero.



Y a los que están casados, los invitamos a que reflexionen esas exigencias del amor que quizá sin entenderlo completamente, se prometieron. Recuerden que ustedes son el ejemplo que muchos tendrán para decidir si optar o no por la vida matrimonial.

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