miércoles, 4 de julio de 2018

¿Qué rezar en un velorio?


La oración también es un medio para dar consuelo a los que quedan.

En los velorios hemos de preocuparnos de actuar con sentido común y, quienes tenemos fe en Dios, también con sentido sobrenatural. Cuando se habla de sentido común nos referimos a que debemos ser prudentes con los dolientes. La prudencia invita a dar consuelo de palabra y de obra. Y más que las palabras lo más importante es transmitir compañía en algo que todos conocen pero que resulta difícil asumir y describir. Un corazón cuando está de luto tiene que ser ungido con el aceite de la caridad. En definitiva, hemos de procurar transmitir la empatía que nos permite sufrir con ellos. El sentido sobrenatural se refiere a que quienes tenemos fe, sabemos que Dios escucha las oraciones por los difuntos. En este sentido, los cristianos están llamado a la esperanza y por esto la acción más apropiada en relación con los que mueren es la oración, en estos casos de manera especial la oración que va desde el momento de la muerte hasta el entierro.



La oración también es un medio para dar consuelo a los que quedan y, de paso, ofrecer un verdadero acompañamiento. El día anterior, antes de la misa exequial, qué oportuno resulta rezar ya sea en la casa del difunto o en la sala de velación. Y aunque probablemente la falta de práctica en la oración pudiera, por ejemplo, hacer pensar a alguien “¿pero qué oración conviene rezar?”, la respuesta es sencilla: las oraciones que se sepan, con máxima libertad. Cualquier oración, incluso las oraciones espontáneas tienen valor para Dios. En estas circunstancias, aparte de la participación activa como miembros del pueblo de Dios, las personas más experimentadas en la oración o más conocedoras de la misma, pueden desempeñar un papel importante para el correcto desarrollo de la oración comunitaria.



En ausencia del ministro ordenado, las oraciones en la casa del difunto y en el cementerio deben ser dirigidas por laicos. Alguno de los allegados al difunto también puede dirigir, en el cementerio, algunas palabras de despedida a los asistentes. Una de las oraciones que se pueden hacer se llama responso. Un responso es una oración dialogada en sufragio por el difunto. No hay que confundir un responso con una misa por el difunto, misa que se puede celebrar antes del funeral. Todo responso es sin misa. 


Otras oraciones que se pueden hacer son el Santo Rosario (intercalando alguna jaculatoria a favor de la persona difunta) y la Liturgia de las Horas (el Oficio de los Difuntos). Ahora bien, el hecho de que se haga una vigilia de oración en casa o en la sala de velación, donde se haya preparado la capilla ardiente, no excluye, si se quiere, la posibilidad de tener también momentos en los que se pueda rendir un “homenaje” (algunas palabras de elogio, exhibición de fotos, videos,…) a la persona difunta, realizar algún canto no litúrgico en su honor y finalmente unas palabras de agradecimiento a las personas que se han hecho presentes (cosas que hay que evitar en la iglesia). Ambas acciones no hay que fusionarlas, sino que es mejor distanciarlas, sin importar el orden de las mismas.



A continuación, presento un modelo de responso que, vista la escasez de sacerdotes, está pensado para ser dirigido por fieles laicos. (La letra A/ significa “Animador” (el que dirígela celebración). T/ significa “Todos”. L/ significa “Lector”. R/. Respuesta. N. es para decir el nombre del difunto).

A/. Bendigamos al Señor que, por la resurrección de su Hijo, nos ha hecho nacer para una esperanza viva, por Cristo Nuestro Señor.



A/. Aunque el dolor por la pérdida de un ser querido llena de pena nuestros corazones, avivemos en nosotros la llama de la fe, para que la esperanza que Cristo ha hecho nacer en nosotros dirija ahora nuestra oración para encomendar a nuestro(a) hermano(a) N. en las manos del Señor, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Señor, escucha en tu bondad nuestras súplicas ahora que imploramos tu misericordia por tu siervo(a) N., a quien has llamado de este mundo: dígnate llevarlo(a) al lugar de la luz y de la paz, para que tenga parte en la asamblea de tus santos. Por Jesucristo nuestro Señor. L/. Lectura del libro de la Sabiduría (3, 1-6.9)


“La vida de los justos está en manos de Dios y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia y su partida de entre nosotros como una destrucción; pero ellos están en paz. La gente pensaba que cumplían una pena, pero ellos tenían total esperanza en la inmortalidad; sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí; los probó como el oro en el crisol, los recibió como sacrificio de ofrenda. Los que confían en Él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque Dios ama a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos”. Palabra de Dios.

(Se canta o se recita el salmo 129 con la respuesta que se propone). R/.: Mi alma espera en el señor, espera en su palabra.
L/. Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (14, 7-9. 10c-12) Hermanos: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: “Por mi vida, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua”. Por eso, cada uno dará cuenta a D


“En aquel tiempo, cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania está como a tres kilómetros de Jerusalén; y muchos judíos habían venido a ver a Marta y a María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús venía en camino, salió a su encuentro mientras que María permaneció en casa. Y Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Yo sé que resucitará en la resurrección de los muertos en el último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

(Si quien preside el responso es un ministro ordenado se puede dirigir a los presentes una breve homilía. De lo contrario se guardará un momento de silencio. Luego todos hacen la Profesión de fe).

A/. Con la esperanza puesta en la resurrección y en la vida eterna que en Cristo nos ha sido prometida, profesemos ahora nuestra fe, luz de nuestra vida cristiana.

T/. Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

A/. Oremos, hermanos, a Cristo el Señor, esperanza de los que vivimos aún en este mundo, vida y resurrección de los que han muerto; llenos de confianza digámosle:

R/ Tu que eres la resurrección y la vida, escúchanos.

1.- Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, y no te acuerdes de los pecados de nuestro(a) hermano(a) N., roguemos al Señor.

2.- Señor, por el honor de tu nombre, perdónale todas sus culpas y haz que viva eternamente feliz en tu presencia, roguemos al Señor.

3.- No rechaces a tu siervo(a) N., ni lo(la) olvides en el reino de la muerte, sino concédele gozar de tu dicha en el país de la vida.

4.- Acuérdate, Señor, de los familiares y amigos a quienes entristece esta muerte y auméntales la fe para que encuentren consuelo y paz, roguemos al Señor.

5.- Acoge en tu Reino de vida a todos nuestros seres queridos que han muerto con la esperanza de la resurrección, roguemos al Señor.

6.- Señor, sé tú el apoyo y la salvación de los que acudimos a ti: sálvanos y bendícenos porque somos tu pueblo, roguemos al Señor.

A/. El mismo señor, que lloró junto al sepulcro de Lázaro y que, en su propia agonía acudió conmovido al Padre, nos ayude a decir la oración que Él nos enseñó:

T/. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

A/. Escucha, Señor, nuestras súplicas y ten misericordia de su siervo(a) N. para que no sufra castigo por sus pecados, pues deseó cumplir tu voluntad; y ya que la verdadera fe lo (la) unió aquí en la tierra al pueblo fiel, que tu bondad divina lo (la) una al coro de los ángeles y elegidos. Por Jesucristo nuestro Señor.

T/. Y brille para él (ella) la luz perpetua.

A/. Su alma y las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

Se puede terminar con un canto.

(La anterior celebración ha sido tomada del “Ritual de Exequias” de la Comisión Episcopal Española de Liturgia -2ª edición 1989-).

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Servir da siempre mucha alegría


Consolar al Sagrado Corazón de Jesús con nuestro servicio.

Viuda, rica y sola, aquella señora sin hijos, pero rodeada de suficiente servidumbre en su mansión, sintió un día que su enfermedad y depresión requería alguien que le diera más que formal y simple atención diaria, verdadera dedicación, trato cordial y cuidados afectuosos. Se le ocurrió nada más y nada menos que pedirle a su abogado -un prestigioso y reconocido padre de familia que vivía con sus tres hijas solteras y su esposa en una gran casona cercana, que la recibiera por unas semanas allá entre la familia.



El licenciado aceptó, pues en su cristiano hogar, siempre hubo una amplia e independiente habitación con servicios para sus huéspedes de mucha confianza. Requirió de su hija mayor que se pusiera al frente de la asistencia y asumiera todas las responsabilidades y debidas atenciones para la señora. Conocía el carácter caritativo, dulce y comprensivo de su hija que ya pasaba de los 26 años de edad y dudaba entre hacerse religiosa o contraer matrimonio. Muy devota del sagrado Corazón de Jesús, Lucilia era de semblante serio, pensativo y no esplendorosamente bonita, pero siempre fina, amable y atenta con los demás.


Asumió sus funciones muy contentas, sobre todo por sentir que estaba haciendo un gran favor a su queridísimo padre que tanto admiraba. La señora se instaló y los cuidados y atenciones comenzaron ese mismo día. Un tanto quisquillosa e irritable, en parte por la edad y en parte por las molestias de la dolencia, bien pronto las hermanas de Lucilia, su propia madre y las empleadas de la casa comenzaron a sacar discretamente el cuerpo para que todo recayera sobre la hija mayor, aunque dándole de vez en cuando algunos rápidos y superficiales apoyos domésticos. A una de sus hermanas, muy bonita y de trato social un tanto mundano y vivaracho, se le ocurrió que su aporte caritativo para atender a la viuda era pasar dos o tres veces por semana a la habitación, hacerle una rápida visita y alegrarla con alguna habladuría de la sociedad.


Entre tanto Lucilia verificaba y atendía todo: Medicaciones, cambios de ropa de cama, dieta alimenticia correcta y a horas, le traía algunas revistas, le hacía alguna lectura piadosa, le hablaba sobre temas que animaran a la pobre viuda rica y sin familia, le calzaba las babuchas, la ayuda a vestirse y estaba pendiente cuando la señora entraba a bañarse. Así transcurrieron casi tres meses hasta la total recuperación anímica y corporal de la señora. Tanto la madre como las hermanas de Lucilia, habían advertido la ejemplar dedicación de esta y una de ellas le hizo ver que el huésped no se distinguía mucho por la gratitud, y no valía la pena tanto esmero por ella, que podía ser servida por las empleadas del hogar.
Lucilia ya lo había notado perfectamente, pero no le importaba eso tanto cuanto atender a la pobre enferma y colaborarle a su amado padre. Dicho y hecho. El día de la partida de la señora para su casa, lista para ser recogida en su vehículo por el chofer y las empleadas que habían venido a llevarla, reunidos en el hall de entrada, la señora se dirigió a todas con palabras ceremoniosas de agradecimiento y aprecio, pero muy especialmente a la graciosa hermana menor de Lucilia, por las cortas visitas, manifestándole que realmente ella había sido su ángel custodio durante la estadía de recuperación. Para expresarle su gratitud había mandado comprarle un regalo especial que entregó tras abrazarla, besarla y elogiarle su caridad. A Lucilia le dirigió una rápida mirada de convencional agradecimiento y dos palabritas corteses.

Tras la partida del vehículo, cerrado ya el gran portón, todas en el hall se volvieron a Lucilia recordándole que había sido advertida. Mientras la hermana menor desempacaba curiosa el regalo, Lucilia se limitó a sonreírles y también recordarles con respeto, que realmente ella había pensado más en la obra de caridad que propiamente en la señora, de la que había notado su modo de ser desde el principio; en halagar a su padre que le había pedido esa colaboración, y en que el sufrido corazón de Jesus.

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Siete Pasos para ser Humildes


La Virtud de la Humildad una de las más difíciles de Conseguir.

De todas las virtudes, la humildad puede considerarse una de las más difíciles de conseguir. Toda la literatura sobre el tema nos lo repite. Siempre recordamos frases de grandes hombres como Ruskin («estoy convencido que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad») Cicerón («cuanto más alto estemos situados, más humildes debemos ser») y, por supuesto, de santos como el Cura de Ars («si no tienes humildad, puedes decir que no tienes nada»), San Agustín («sólo a pasos de humildad se sube a lo alto de los cielos») o Santa Teresa («aquélla que le parece que es tenida en menos entre todas se tenga por más dichosa»).



Es experiencia de todos sentir el aguijón de ese “yo” que nos impulsa a hacer lo que muchas veces no queremos realizar. ¡Cuántas veces nos arrepentimos de nuestras acciones y deseamos vivir con más sencillez y menos altanería! ¿Cómo ser humilde? Dentro de las muchas presentaciones que me llegan, esta semana hubo una que me llamó particularmente la atención y que daba, justamente, siete pasos para conseguir la humildad. Me picó la curiosidad. Su lectura me ha ayudado mucho y he querido compartirla con todos ustedes, retocándola un poco (a cada consejo le he añadido un párrafo de algún santo que le dé más peso y contenido). Ciertamente, estas líneas no pretenden ser un manual de “consígalo sin esfuerzo”. No hay rosa sin espinas. Pero tal vez la lectura de este artículo pueda ayudar a alguno a enderezar el camino, como si se tratase de un GPS que pide una reorientación de ruta. Espero, pues, que estos ocho pasos sirvan a más de uno.



1.      Procura descubrir lo mejor de cada uno:

Todo ser humano ha tenido experiencias que tú no has tenido, y en esos aspectos te aventaja. Einstein, reputado como uno de los grandes cerebros de la humanidad, dijo: «Nunca he conocido a una persona tan ignorante que no tuviera algo que enseñarme». «Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzale a ganar por aquí el favor de Dios» (Santa Teresa de Jesús, Vida, 13, 6).



2. Elogia sinceramente a los demás:

¿Cómo se va a desdeñar a una persona a la que se le está diciendo lo que se admira de ella? Cuanto más se mencionen las buenas cualidades de quienes rodean a uno, más virtudes se descubrirán en ellos, y será más difícil que uno caiga en la trampa del egocentrismo. «La humildad es la virtud que lleva a descubrir que las muestras de respeto por la persona –por su honor, por su buena fe, por su intimidad–, no son convencionalismos exteriores, sino las primeras manifestaciones de la caridad y la justicia» (San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, 72).



3. No te demores en admitir tus errores:

Dicen que la frase más difícil de pronunciar en cualquier idioma es: «Me equivoqué». Quienes se rehúsan a hacerlo por orgullo suelen volver a caer en los mismos errores (sólo el hombre cae dos veces en la misma piedra) y, además, terminan marginándose de los demás. «La humildad es una antorcha que presenta a la luz del día nuestras imperfecciones; no consiste, pues, en palabras ni en obras, sino en el conocimiento de sí mismo, gracias al cual descubrimos en nuestro ser un cúmulo de defectos que el orgullo nos ocultaba hasta el presente» (Santo Cura de Ars, Sermón sobre el orgullo).



4. Sé el primero en disculparse después de una discusión:

Si la frase más difícil de pronunciar es: «Me equivoqué», la siguiente más difícil debe de ser: «Perdóname». Ese simple vocablo mata el orgullo (pues te reconoces tan pecador como él) y pone fin al altercado: dos pájaros muertos de un solo tiro. Pero para eso, es necesario reconocer que tanto él como yo podemos equivocarnos…



«Si vieres a alguno pecar públicamente, o cometer cosas graves, no te debes estimar por mejor: porque no sabes cuánto podrás tú perseverar en el bien. Todos somos flacos; mas tú no tengas a alguno por más flaco que a ti» (La Imitación de Cristo, I, 2, 4).

5. Admite tus limitaciones y necesidades:



Es parte de la naturaleza humana querer dar la impresión de ser fuerte y autosuficiente; eso normalmente no hace más que dificultar las cosas. Si manifiestas humildades pidiendo ayuda a los demás y aceptándola, sales ganando. «Esto de no fiarse del propio parecer nace de la humildad. Por ello, el cap. II de los Proverbios dice que donde hay humildad, hay sabiduría. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos (Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padrenuestro, l.c., 142).



6. Sirve a los demás:

Ofrécete a ayudar a los ancianos, los enfermos y los niños, o a prestar algún otro servicio comunitario. Saldrás beneficiado, pues aparte de adquirir humildad, te ganarás la gratitud y el cariño de muchas personas. «Cuando se te presente la ocasión de prestar algún bajo y abyecto al prójimo, hazlo con alegría y con la humildad con que lo harías si fueras el siervo de todos. De esta práctica sacarás tesoros inmensos de virtud y de gracia» (León XIII, Práctica de la humildad, 32).



7. Reconócele a Dios el mérito de toda cualidad que tengas y de todo lo bueno que te ayude a hacer:

Es importante abrir los ojos del alma y considerar que no se tiene nada nuestro de lo que debamos gloriarnos. Lo único que realmente tenemos es pecado y debilidad. Los dones de la naturaleza y de gracia que hay en nosotros, solamente merecen ser agradecidos a Dios, que nos lo ha dado cuando ha pensado en nosotros al crearnos.

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domingo, 27 de mayo de 2018

¿Para qué nos casamos?


Hoy en día sigue habiendo parejas que sueñan con casarse a la Iglesia, en el templo más bonito de la zona, delante de todos sus seres queridos, con un vestido blanco espectacular, incluso unos pajecitos aventando pétalos de rosas y finalizar con una tradicional lluvia de arroz para desearles abundancia a los esposos. Pero es importante entender que el matrimonio católico es mucho más que eso.



Según el código de derecho canónico el matrimonio es "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, que fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados. " vamos a entenderlo poco a poco rescatando los elementos más importantes.



La primera implicación de esta definición es ese "para toda la vida", que Dios quizó desde el principio, Él sabe muy bien que el corazón humano busca lo que perdura más que lo pasajero.



La segunda implicación son los fines del matrimonio. No es una unión en la que se busca tener mejores ingresos o ayudarnos con las tareas del hogar... va más allá. Es ayudar al otro a ser mejor persona y desde la óptica cristiana es ser un camino de santificación para el cónyuge.



Y por supuesto formar una familia, estar abiertos a la vida y a llevar la relación a la donación que rompe con el egoísmo, una misión que no se puede dejar de lado incluso cuando no se puede concebir. 



Hasta ahora el matrimonio viene siendo la promesa de amor más grande que se puede prometer: un amor exclusivo, fiel, para siempre, y no egoísta. Es comprensible que ante los ojos del mundo esto pueda ser imposible pero para eso viene la siguiente implicación: el matrimonio fue elevado por Cristo a sacramento.



Un sacramento es el signo más eficaz del amor de Dios, es ese regalo con el que Dios nos ayuda a cumplir con nuestra misión. Y es precisamente porque Él forma parte del matrimonio, que los esposos pueden cumplir con las exigencias del amor. Recuerden también que Cristo quiso que el matrimonio fuera el reflejo del amor que Él tiene por su iglesia.



Por eso, a los novios, los invitamos a tener la valentía suficiente que se necesita para prometer un amor así. Y también a que no les dé miedo ni vergüenza aspirar a un amor verdadero.



Y a los que están casados, los invitamos a que reflexionen esas exigencias del amor que quizá sin entenderlo completamente, se prometieron. Recuerden que ustedes son el ejemplo que muchos tendrán para decidir si optar o no por la vida matrimonial.

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Donación del cordón umbilical


Las células madre de la sangre del cordón umbilical pueden ser utilizadas para salvar la vida de personas. Muchos padres no lo saben, pero hoy se puede llevar a cabo la donación del cordón umbilical en el momento en el que se produce el parto y posterior nacimiento de su hijo. Una acción solidaria, sencilla, y altruista que contribuye a salvar la vida de otras personas que sufran una grave enfermedad.



Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 2296: ¨El trasplante de órganos no es moralmente aceptable si el donante o sus representantes no han dado su consentimiento consciente. El trasplante de órganos es conforme a la ley moral y puede ser meritorio si los peligros y riesgos físicos o psíquicos sobrevenidos al donante son proporcionados al bien que se busca en el destinatario. Es moralmente inadmisible provocar directamente para el ser humano bien la mutilación que le deja inválido o bien su muerte, aunque sea para retardar el fallecimiento de otras personas¨



¿Por qué donarlo? 

En los últimos años, a través de distintas investigaciones científicas, se ha podido saber que la sangre que se encuentra en el interior del cordón umbilical cuenta con una gran riqueza en materia de células madre. De ahí que, a través del trasplante, pueda ser utilizada para salvar la vida de personas que se encuentran por dolencias muy graves como es, por ejemplo, la leucemia.



¿Qué es necesario hacer para donarlo? 

Para poder llevar a cabo la donación del cordón umbilical del bebé que nace es importante saber que se podrá hacer partiendo de estas premisas: Hay que comunicar la intención de hacerlo tanto al ginecólogo que sigue el embarazo como a la matrona o doctor que sera el encargado de acometer el parto. Es necesario que se cuente con una historia clínica de la mujer para así poder descartar que tenga enfermedades que impidan la donación. Referido a patologías de tipo hematológico o infeccioso. En el momento del parto, se le realizará a la madre un análisis de sangre para certificar   su buen estado de salud. Cuando se produce el alumbramiento, también se acometerá, por parte del pediatra, un examen del bebé para comprobar que se encuentra bien.


¿Cuál es el procedimiento de donación?
El procedimiento de la donación es el siguiente: En el momento del parto, como es habitual, se produce la sección del cordón umbilical. A continuación se realiza la extracción de la sangre del cordón umbilical, después de que haya sido desinfectado. Junto a la sangre, se procede también a cortar una parte del cordón, de unos 2 centímetros como máximo de largo, que se guarda para que, se pueda acometer el estudio para confirmar su buen estado.

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miércoles, 2 de mayo de 2018

Lo que me enseñó un cachorro


Lo que me enseñó un cachorro

Y tú, ¿qué has aprendido con tu mascota? ¡Cuéntanos!  Al ser veterinario, me llamaron para que le visara a un perro de 13 años de edad, llamado Batuta. La familia esperaba un milagro.

Examiné a Batuta y descubrí que estaba muriendo de cáncer y que no había nada que hacer…
Batuta fue rodeado por su familia. El niño, Pedro, parecía tranquilo, acariciando al perro por última vez, y yo me preguntaba si él entendía lo que estaba sucediendo.

En pocos minutos, Batuta cayó pacíficamente dormido para no volver a despertar.

El muchachito parecía aceptar sin dificultad. Oí que la mamá se preguntaba:
– ¿Por qué la vida de estos perros es más corta que la de los seres humanos?
Pedro dijo:
– Yo se por qué.
La explicación del niño cambió mi manera de ver la vida.

Él dijo:
– La gente viene al mundo para aprender a vivir una buena vida, cómo amar a los demás y ser buena persona, ¿no es así? Como los perros ya nacen sabiendo hacer todo eso, ello no tienen que vivir durante tanto tiempo. ¿Entiendes?





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miércoles, 28 de marzo de 2018

Cuando el otro no importa


¿Existen las relaciones consumistas? Es cada vez más frecuente percibir como los valores propios del mundo de la técnica y de la economía se han trasladado a otros ámbitos de la vida y de la cultura, o directamente los han colonizado. ¿A qué me refiero con esta preocupación? Que las palabras no son inocentes y que detrás de cada expresión representamos un modo de ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos.
Muchos alegremente se entusiasman jugando con las palabras y terminan por reducir las relaciones humanas a meras transacciones comerciales. Un ejemplo de ello son expresiones como: “Dejé a mi novia porque no me era productiva la relación” o “En la amistad hay que evaluar costos y beneficios”, etc. ¿Es así? ¿Una relación basada en el amor debe evaluarse por si es “productiva”?
Cuando se habla de las demás personas como si fueran cosas, productos, recursos humanos, capital humano, no se está haciendo otra cosa que transformar la concepción que tenemos de las personas y de su valor. Muchos ataques a la dignidad humana que nos escandalizan a diario se sostienen por una concepción de las personas que las ha reducido a objetos de uso.
La raíz de la soledad
Cuando sin reparar críticamente en ello, nos acostumbramos a tratar a los demás como bienes de consumo, como cosas que pueden tomarse para sí o descartarse sin piedad. Volvemos al otro un simple medio, un instrumento para alcanzar nuestros intereses, sin importar lo que sucede con él.
Esta lógica pervierte las relaciones humanas desde su raíz y además se nos vuelve hacia nosotros, cuando los demás nos hacen lo mismo. Y así crece la desconfianza, la baja autoestima, en ambientes donde el otro no vale por ser persona, sino por “lo que puede producir”.
Cuando se piensa de esta manera, progresivamente las personas se encierran en sí mismas, defendiéndose de todo y de todos, repitiendo el círculo vicioso de “usar y tirar”.  El narcisismo posmoderno empuja a la autorreferencialidad, al mundo de la “selfie”, a la hipertrofia del yo, donde los demás son solo parte del decorado de un gran ego, sumamente frágil e incapaz de olvidarse de sí para mirar la necesidad del otro.
Claramente no todo el mundo es así, pero es una pauta cultural que ha colonizado la vida de muchas personas hasta el punto de volverse “lo normal”.
La sospecha sobre el amor
El amor no sirve para nada, no es útil. Si lo vuelvo útil ya no es amor. Porque cuando alguien dice “amar me hace bien”, ya se olvidó de la persona amada para evaluar los resultados positivos sobre sí mismo. Sin embargo, que algo no sea “útil”, no lo hace menos importante. Porque solo si amamos y somos amados podemos ser felices. El amor es lo más importante en la vida de las personas, pero no es algo que pueda valorarse por su utilidad.
El amor es un escándalo en el mundo de hoy, porque solo existe si es gratuito, si es a cambio de nada. Muchas personas se ven sorprendidas cuando alguien tiene un gesto gratuito con ellos, incluso sospechan que debe haber una intención oculta o un interés disimulado. Y es que creer que puedo ser amado gratuitamente sigue siendo algo asombroso.
Incluso cuando hay una persona que realiza grandes obras de caridad o es un testimonio por su entrega generosa, se le busca por todas partes “su lado oculto”, para volver a convencernos de que tal vez el amor no exista en realidad.
Este escepticismo ante la bondad humana lo vemos en muchos informes periodísticos, como una suerte de pesimismo antropológicoque descree de todo acto gratuito.
Sin embargo el testimonio de actos de amor gratuito en la vida cotidiana es aplastante, aunque no tiene mucha publicidad. Suelen ser noticias las cosas que nos desagradan en las relaciones familiares o de pareja, pero no salen en los noticieros los millones de seres humanos que dan su vida cotidianamente por los que aman. ¡Cuánto bien haríamos si diéramos a conocer las incontables historias de amor y fidelidad, de generosidad y compromiso, de tantos esposos y esposas, padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos y amigos que son héroes anónimos todos los días!
Una sutil pero gran diferencia
Hay una gran diferencia entre amar a otra persona y amar lo que obtenemos de ella. No siempre somos conscientes de ello, porque es muy sutil y nos autoengañamos facilmente. No es lo mismo buscar a alguien por sí mismo que buscarlo por la experiencia que obtengo de esa persona o por lo que recibo de ella.
“¿Buscamos a la persona que amamos en lo que tiene de único, en sus sentimientos, deseos, aspiraciones y ser? ¿O buscamos la experiencia de esa persona? ¿Buscamos a la persona que apreciamos o buscamos simplemente la presencia con la que disfrutamos? Una cosa es estar pendiente del bienestar de otra persona, y otra cosa tratar de huir de la soledad personal. Desde el momento en que nuestra atención se desliza de la otra persona, para centrarse en nuestra experiencia de ella, desde ese momento ya está muerto el corazón del encuentro amoroso”. (P. Van Breemen)
San Agustín llamaba a esta experiencia amabam amare (amaba amar). Sólo en su conversión se abrieron sus ojos y pudo ver la frivolidad de lo que él había llamado “amor”. Buscar la experiencia por la experiencia es buscarse a sí mismo. Muchas relaciones humanas se rompen porque hemos olvidado que en el amor el otro es un fin en sí mismo y no un medio para nuestros satisfacer nuestros deseos.
La clave para construir relaciones auténticas, profundas y sólidas, está en amar en serio, en ver al otro en su ser único e irrepetible, en su dignidad y valor. Solo así es posible respetar al otro y no reducirlo a un simple objeto de consumo. 

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