miércoles, 13 de septiembre de 2017

Las bienaventuranzas, un mundo al revés.




La Palabra de Cristo en el Evangelio nos ofrece otra perspectiva de vida. Un viejo ermitaño fue invitado cierta vez a visitar la corte del rey más poderoso de aquella época. Era un rey poderoso, con un ejército incontable, con mansiones que dejaban admirado a todo mundo, y con mujeres que hacía presentir el placer que se viviría a todas horas en los palacios. Ese soberano, quiso mostrar su bondad, invitando un día a un viejo ermitaño que vivía en la excavación de una roca y tenía como alimento lo único que puede proporcionar la vida silvestre y que bebía directamente de un riachuelo cercano.
“Envidio a un hombre santo como tú, que se contenta con tan poco” comentó el soberano.” Yo envidio a Vuestra Majestad, que se contenta con menos que yo.” Respondió el ermitaño. ”¿Cómo puedes decirme esto, cuando soy el rey y todo lo que puedes contemplar me pertenece?”. “Justamente por eso. Yo tengo la música de los astros y las estrellas, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la luna y el sol, porque tengo a Dios en mi alma. 

Vuestra Majestad, sin embargo, sólo posee este reino”, concluyó el ermitaño. Me he atrevido a citar este texto porque en la línea de sencillez puede ilustrar muy bien el mensaje que nos regala la liturgia de este domingo: el mensaje de las bienaventuranzas, el sermón de la montaña, el corazón del mensaje de Cristo, que invita sencillamente a poner nuestro corazón en el corazón de Dios, donde nada nos hará falta y donde todo lo tendremos.
A veces, cuando se piensa superficialmente, está uno tentado a pensar si Cristo no se estaría burlando de los hombres cuando llama dichosos, felices, bienaventurados a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre. Pero cuando se examina la vida de Cristo, nos damos cuenta de que no había ser más feliz, más libre, más dichoso que él, que no poseía nada y que estaba dispuesto a dar todo lo que tenía de sí. Ese es el mensaje más profundo de Cristo, que, a los cristianos, a sus seguidores, nos hace falta dar el salto de los simples mandamientos, hasta darlo todo, hasta vivir desprendidos de todo, porque todo lo recibiremos a cambio. Raniero Cantalamessa, el predicador del Papa expresa esta magistralmente esto que intento decirles: “Cuánta gente carga la propia barca de una infinidad de baratijas, que creen necesarias para que el mismo viaje resulte agradable, en el dilatado viaje en el río de la vida hasta casi hacerlo sucumbir; pero, en realidad todas son inútiles y sin importancia. Más bien, ¿por qué no hacer que la barca de nuestra vida sea ligera, cargada sólo de las cosas que verdaderamente son necesarias? Un cassette agradable, placeres sencillos, uno o dos amigos dignos de este nombre, alguno al que amar y alguno que te amé; un gato, un perro y lo suficiente para comer y para cubrirse. Encontraremos de este modo que es mucho más fácil empujar la barca. Tendremos tiempo para pensar, para trabajar y también para beber algo estando relajados al sol”.

Y ya que he citado a dos autores, permítanme agregar a otro, con la sola idea de invitar a todos mis lectores, que, de una vez por todas, se animen a tomar el Evangelio en sus manos, encontrar el capítulo quinto de San Mateo, y comenzar a ver la vida de una manera nueva, ver la vida al revés, ver la vida como estaríamos llamados a vivir en la verdadera vida. Así se expresa Giovanni Papini en su célebre Historia de Cristo: “Quien ha leído el Sermón de la Montaña y no ha sentido, por lo menos en el corto momento de la lectura, un escalofrío de agradecida ternura, un impulso de llanto en lo más hondo de la garganta, un estrujamiento de amor y de remordimientos, una necesidad confusa, pero punzante, de hacer algo para que aquellas palabras no se queden tan sólo en palabras, para que aquél Sermón no sea únicamente sonido y señal, sino esperanza inminente, vida cálida en todos los vivos, verdad actual, verdad para siempre y para todos: quien lo ha leído una sola vez y no ha experimentado todo eso, es que necesita antes que nadie nuestro amor, porque todo el amor de los hombres no alcanzará jamás a compensarlo de lo que ha perdido”.

Finalmente me atrevo a citar lo que oí hace muchos años, de los años cuando en la Rusia del comunismo de Stalin, todo lo que oliera a Evangelio y a Iglesia y a espiritualidad estaba iluminantemente prihibido, un día se propusieron hacer una obra de teatro donde el actor principal tendría que tomar distraídamente la Biblia, comenzar a leer desparpajadamente el inicio del capítulo 5 de San Mateo, “Bienaventurados los pobres... bienaventurados los que sufren..." y arrojar el libro al suelo acompañando la acción con una sonora carcajada. Comenzó la obra, y cuando el actor comenzó a leer, ya delante de todo el auditorio, fue tal el impacto que sintió al ir leyendo, que ya no pudo retirar su vista del texto que tenía en sus manos, y subyugado por la profundidad del texto, siguió leyendo y leyendo, al grado que tuvieron que bajar el telón, porque aquello se había salido totalmente de todo lo planeado, y aquel momento inesperado se había convertido en una inmejorable lección catequística.



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