lunes, 4 de septiembre de 2017

Si Dios ya sabe lo que necesitamos, ¿por qué se lo tenemos que decir?



Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona. 
«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce; confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pe 5, 5-7)
Es verdad, lo dice Jesucristo en las Sagradas Escrituras: «antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan» (Mt 6, 8). Y, sin embargo, también dice: «Pidan y se les dará» (Mt 7, 7).
Cuando el Señor llegó a Jericó, un mendigo ciego le gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10, 47). Así hizo insistentemente, a pesar de las desaprobaciones de la gente, hasta que Jesús se detuvo y lo hizo llamar. Luego Cristo le hizo la más extraña pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10, 51). ¡Vaya! ¿Que no era obvio? ¡El hombre estaba ciego y necesitaba recobrar la vista! Si Dios sabe todo, ¿por qué el ciego tuvo que decirle cuál era su necesidad?


Afortunadamente el ciego fue lo bastante humilde para responder al instante: «"Rabbuní, ¡que vea!". Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante [el ciego] recobró la vista y le seguía por el camino» (Mc 10, 51-52).


Es que «la oración, sepamos o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (CIC, n. 2560), y «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).


Así, aunque Dios ya sepa lo que necesitamos, el que nosotros demos el paso de acercarnos a Él y decírselo es algo que redunda en nuestro beneficio, y por eso el Señor quiere que le pidamos. Quien se niega a hacerlo alegando el conocimiento infinito del Señor, sencillamente no ha entendido nada del amor que Dios nos tiene, o bien carece de la humildad para acercarse a pedir.


La humildad, precisamente, es la cuarta y última condición para que la oración «funcione». Jesús nos lo enseña a través de la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar: «El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros"... En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!". Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que humille, será ensalzado» (Lc 18, 9-14).


Por falta de humildad alguien puede negarse a orar; pero también puede ocurrir que sí haga oración, pero con soberbia. «Escucha el Señor -dice san Alfonso María de Ligorio- bondadosamente las oraciones de sus siervos, pero sólo de sus siervos sencillos y humildes, como dice el Salmista: Miró el Señor la oración de los humildes. Y añade el apóstol Santiago: Dios resiste a los soberbios y da sus gracias a los humildes. No escucha el Señor las oraciones de los soberbios que sólo confían en sus fuerzas, antes los deja en su propia miseria».

Un día le dijo el Señor a santa Catalina de Siena: «Aprende, hija mía, que el alma que persevera en la oración humilde alcanza todas las virtudes».

Y advierte san Claudio de la Colombiere: «Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendiera que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato... ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos».




Por: Diana R. García B.




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