viernes, 18 de agosto de 2017

La hora de la agonía


Es real que los recuerdos, expectativas y emociones de los agonizantes influyen en su modo de morir.

¿Es verdad que cuando una persona está en agonía no deben estar con ella personas que no estén casadas por la Iglesia, es decir, personas amancebadas, porque impiden que la persona muera tranquilamente?

¿O también qué hay de cierto que cuando una persona no puede morir, es porque está esperando algún familiar y cuando el familiar va a verlo la persona muere en paz?

¿O también, que cuando una persona muere con los ojos abiertos es porque estaba esperando algún familiar?

La muerte es compleja, no sólo desde el punto de vista emocional o existencial, sino incluso biológico. Tal vez puede decirse que morir, desde el punto de vista del cuerpo, es algo así como una cascada de hechos que van desconectando nuestros varios sistemas (circulatorio, linfático, hormonal, neuronal, digestivo, etc.) y que a la vez están marcados por el avance implacable de los mismos micro-organismos que tenemos cuando estamos vivos. Vivir, en esta tierra, es entre otras cosas mantener a raya a la muerte, mientras uno sigue haciendo acopio de la energía, materiales e información que necesita para mantenerse, reproducirse, comunicarse y sentirse relativamente bien, seguro y estable.

Esta tremenda complejidad hace muy difícil hacer predicciones sobre qué es lo "normal" o lo "extraño" cuando alguien muere. Aunque es verdad que todos los procesos de la muerte implican desconexión, disolución y corrupción, los modos específicos en que se den las cosas no son iguales para todas las personas. Parece cierto que hay personas que pasan de un estado inconsciente a la muerte, o como se dice, "del sueño a la muerte," mientras que otros parecen sufrir prolongadas agonías, sobre todo cuando hay dificultades respiratorias crónicas, o dolores agudos.


Es de esperar que los ojos o el aspecto del rostro estén más relacionados con esta clase de factores orgánicos y biológicos y no tanto con situaciones externas. Por decir algo, no debo suponer que si mi abuelo murió con los ojos cerrados es que no le importaba si yo iba a despedirme de él. Y sin embargo, es real que los recuerdos, expectativas y emociones de los agonizantes influyen en su modo de morir, por lo menos de una forma parcial, y si es el caso que están conscientes.


Ejemplos numerosos hay de personas que sufren mucho en agonía y luego mueren en paz al poder despedirse por ejemplo de un hijo que estaba lejos. En otro sentido, una mamá que quiso ver a su hija casada y bien casada "por la Iglesia" puede sentirse muy mal de ver que no logró convencerla de ello. Pero es difícil decirle a una hija en esa condición que no vaya a despedirse de la mamá, y yo jamás aconsejaría algo así, entre otras cosas porque la angustia de esperarla puede ser una tortura peor. En resumen, yo considero como simples mitos esas cosas que te han contado, creo que no se puede hacer una regla de ellos, y creo que es más sensato seguir estas sugerencias:

1. Con la ayuda de la medicina, hacer todo lo posible para aliviar las causas de dolor o incomodidad física del agonizante. Las condiciones de temperatura, humedad, iluminación, nivel de ruido, número de personas a un mismo tiempo, deben estar bajo cuidado del médico y todos han de respetarlas con diligencia.

2. El ambiente ha de ser tranquilo, lleno de afecto y de una presencia serena pero no artificialmente calmada. Hay dolor. Se trata de una partida que rasga el alma. Pero con mucha caridad hay que pensar en no agobiar con nuestras expresiones sentimentales lo que ya es muy duro para el agonizante.

3. Procúrese, dentro de lo razonable, que todas las personas que sean afectivamente significativas para el agonizante puedan visitarlo en algún momento. Si hay modo de averiguarlo, sin lastimar ni intimidar, trátese de conocer quiénes quisiera el agonizante que estuvieran cerca de él en los momentos decisivos. Extrema delicadeza se requiere aquí para no herir tampoco la sensibilidad de parientes o amigos.

4. Somos creyentes, ¿verdad? La fe debe estar presente, pero, de nuevo, sin excesos. Por ejemplo, es un exceso lo que hacen algunas familias demasiado fervorosas, que quieren que a todas horas este una persona rezándole al enfermo. La oración ha de ser un soporte, una fuente de fortaleza, y no un agobio o carga. por supuesto, llámese oportunamente al sacerdote de modo que la Unción de los Enfermos se reciba con provecho y en plena conciencia. No tiene mucho sentido lo que piensan algunas familias, que es preferible que el sacerdote llegue cuando ya el agonizante ni puede confesarse bien ni a veces entiende que le están haciendo.


La dignidad, la caridad y el respeto han de brillar en cada una de las sencillas celebraciones litúrgicas o piadosas que se tengan cerca del enfermo o con participación suya.
5. Respétese mucho la privacidad y el pudor del agonizante. A menudo la condición de su cuerpo implica que esté con poca ropa o con varias sondas. Con algo de sentido de común pensemos cómo nos sentiríamos nosotros con tantas visitas y en condiciones en que uno no puede casi valerse por sí mismo. Esto vale en mucho mayor grado para las mujeres de todas las edades.

El agonizante no sólo quiere que lo visiten. A veces quiere hablar, quiere ser escuchado, aunque ello implique un esfuerzo físico considerable. Los que estén con él tienen entonces el hermoso deber de ayudarle a encontrar descanso también en ese aspecto, ya se trate a través de una buena confesión, o de otra clase de confidencias o testamentos.




 Por: Fr. Nelson Medina



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